Follow by Email

lunes, 21 de agosto de 2017

Un entierro




I




Aquella tarde, cuando Amaya volvió a casa, se encontró la jaula abierta. En un principio pensó que se trataba de otra de las travesuras de Felipe y no le dio más importancia al asunto. Después se descalzó, arrojando las sandalias contra la pared, echó un vistazo al reloj y dejó caer su cuerpo sobre el sofá. Cuando consiguió bajarse la cremallera del vestido se estiró, emitiendo un leve gruñido, mientras buscaba a tientas entre los cojines el mando de la televisión. Pronto desistió y trató de relajarse en la oscuridad de la salita de aquel pequeño piso que Julián acababa de heredar a las afueras. Eran las tres y media de la tarde de un octubre demasiado caluroso y la clase de aquella mañana había sido, como venía siendo habitual, un autentico coñazo. Él saldría en media hora y llegaría a casa en cuarenta y cinco minutos. Esa era una de las razones por la que se habían trasladado a vivir allí, incluso antes de que la vieja (como la llamaba él) muriera; la cercanía del almacén. Sobre todo ahora que a Julián le habían retirado el permiso de conducir y tenía que ir a trabajar todos los días andando. Amaya volvió a estirarse sobre el sofá, arqueando un poco el cuerpo, cerró los ojos con fuerza y comenzó a masajearse las sienes, dibujando círculos con ambos meñiques. Sufría ataques de jaqueca desde hacia tanto tiempo que ni siquiera recordaba cuando y cómo comenzaron. En cierta forma se había convertido en una experta en este tipo de masajes, o eso le había dicho él en multitud de ocasiones. Creo que podrías dedicarte a ello -había concluido-. Tres meses restaban para acabar el maldito curso del paro, el 28 de diciembre. Tiene gracia -pensó-. Ofimática. De que le valía aprender a manejar archivos y hojas de cálculo, jamás encontraría trabajo en una oficina. La competencia era brutal, solo había que darse una vuelta por la academia y ver a todas aquellas muchachas revoloteando por los pasillos embutidas en sus faldas de tubo. Un 80% de asistencia, eso era todo, si no quería perder el subsidio. Paciencia. Tenía que tener paciencia, toneladas de ella. Luego pensó en su profesor; un joven chileno, tan guapo como evidentemente homosexual. Toda una vida por delante. Después pensó en masturbarse, pero desistió al igual que antes había desistido de la búsqueda del mando. Hasta para eso estoy cansada -se dijo- mientras sus dedos regresaban de nuevo a las sienes. Cuando el teléfono comenzó a vibrar dentro del bolso, se incorporó, no sin maldecir antes un poco, aunque realmente el silencio de aquella diminuta salita crispaba sus nervios y comenzaba a tener hambre.

Al otro lado de la línea escuchó la voz de Julián:

-Hola, ratita...¿Que día es hoy?

Ella se limitó a resoplar. Odiaba eso de ''ratita'', había dejado de tener gracia hacia tiempo. La originalidad no era su fuerte. Pocas cosas lo eran.

-Has salido más pronto- espetó seca, mientras subía con un golpe de muñeca la persiana.

Hubo una pausa. A la luz del día la estancia parecía aun más pequeña y pedía a gritos que alguien pasara la aspiradora.

-¡Felicidades- gritó él.

-Te lo agradezco, pero sabes que hoy para mí solo es un día más. O uno menos -se corrigió- depende como lo mires.

-¡Cómo eres¡¿Has comido ya?¿Subo el pan?- replicó Julián.

-No y sí- respondió Amaya, acercándose a la otra ventana para efectuar la misma operación.

-¿Qué tal en clase?- continuó él.

-No es una clase, te lo he repetido mil veces, es un aula de búsqueda activa de empleo.- replicó Amaya, como si se estuviera dirigiendo a un niño, mientras con un dedo recogía una muestra de polvo acumulado en la parte baja del radiador.

-Bueno, no te queda nada. Ya está chupado, nena - trató él de animarla.

Entonces lo vio perfectamente. Desde aquel ángulo, de cuclillas bajo la ventana, no ofrecía ninguna duda. Felipe estaba debajo del armario de la cocina. Sus pequeñas patas dibujaban un ángulo recto, apuntando hacia arriba, parecía una esfinge peluda puesta del revés. La lengua le caía como un trapo a la izquierda de la boca, seca y azulada. Esta vez no parecía tratarse de otra de sus trastadas. Amaya pegó un grito y soltó el teléfono para  poder taparse los ojos.

-¡Dime algo¡¡Háblame¡¿Qué es lo que pasa?- aullaba Julián desde el otro lado, mientras comenzaba a subir de dos en dos las escaleras de aquel quinto piso. Resoplaba y maldecía, haciendo equilibrios, mientras sostenía entre sus manos una tarta de chocolate con forma de corazón.



II



Envuelta en papel de plata, ahora la tarta reposaba sobre la encimera. El reloj anunciaba que eran ya las cinco y diez de la tarde y todavía no habían comido. El sol entraba por la ventana de la cocina, reflejándose sobre la nevera y proyectando un rayo luminoso hacia el centro de la mesa. Ambos permanecían en silencio, sentados sobre dos banquetas sin respaldo.

-¿Quieres un pedazo?- preguntó Julián, tratando de romper el hielo.

Ella rehusó la invitación haciendo un gesto con la mano.

-Sírvete tu- le contestó - aunque obviamente, si lo hubiera hecho, lo hubiese tomado como una ofensa. Los dos lo sabían.

-No, está bien- carraspeó Julián- ¿Cuál crees que es la esperanza de vida de un conejo doméstico?- soltó , aunque se arrepintió de inmediato.

Amaya le lanzó una mirada feroz que sirvió como respuesta. Él agachó los ojos y comenzó a frotarse las manos. Felipe cumplía hoy tres años y allí estaba, recostado sobre la mesa de la cocina, muerto. Aunque lo cierto es que su cumpleaños se había establecido el día en el que Julián apareció por la puerta con aquella caja de cartón agujereada. Cuando llegó  era solo un cachorro, debía de tener apenas unos días, o eso le habían dicho en la tienda del centro comercial donde lo compró (por un precio que le pareció un tanto excesivo para un conejo). Aun así era un regalo, pagó con la tarjeta, lo guardó en el maletero y se lo llevó a casa. Era cuando todavía tenía el carnet.

-Felipe era especial. No era un conejo cualquiera...- comenzó a decir Amaya, que parecía estar hablando para ella misma. No pudo continuar y rompió de nuevo a llorar.

Julián asintió solemne. El rayo de luz alcanzaba ya el lomo de Felipe. Su pelaje blanco relucía especialmente aquella tarde. Nadie hubiera dicho que estaba muerto, parecía dormir plácidamente.

-Tengo una idea- exclamó de repente Julián- golpeando su puño sobre la mesa , lo que hizo que las orejas de Felipe saltaran  por un instante.

Amaya levantó la cabeza sorprendida, enfocando a Julián con sus pequeños ojos de roedor.

-¡Un entierro¡- casi gritó. Después se levantó de la banqueta y se puso a dar vueltas por la cocina, sosteniéndose con una mano el mentón.

Ella observaba un tanto incrédula aquel repentino ímpetu.

-Felipe lo merece -continuó Julián- Subiremos a la colina, lo haremos allí mismo- sentenció tajantemente, como si fuera un alto mando militar, señalando por la ventana hacia el promontorio que se elevaba encima de la gasolinera de Repsol.

-Pero cuando ¿Ahora?- replicó ella.

-Sí ¿Por qué no? Aprovechemos la luz. Te vistes y subimos. Yo me encargo de todo. A la hora de la cena ya estaremos de regreso. Además...hace cuanto que no subimos. Será como en los viejos tiempos.

-No me parece mala idea- replicó Amaya, sorbiéndose la nariz con un trozo de papel de cocina - Es lo mínimo que podemos hacer por él, darle un entierro digno- espetó, mientras acariciaba el hocico de Felipe.

Julián se giró hacia la puerta, tratando de disimular su alegría. No era muy común que ella le diera la razón. Tenía preparada una sorpresa para aquella tarde, simplemente habría que modificar un poco los planes, hacer un par de llamadas.  Se acercó por detrás de la silla, apartó el pelo de su cara y la abrazó.

-Felicidades, ratita- le susurró, antes de besar su frente. -Deberíamos echarnos algo al estómago antes de subir ¿No crees? -insistió.

-Está bien, comamos - dejó caer Amaya, mostrándose un poco más animada.

Julián se acercó a la encimera, retiró con cuidado el envoltorio y, hundiendo el cuchillo por la mitad, partió en dos aquella tarta.



III



A pesar de que los tres hombres que viajaban a bordo de la furgoneta eran bastante morenos, solo uno podía presumir de ser 100% mejicano: Osvaldo Bolado, que además era quien conducía. Esa posición le otorgaba ciertos privilegios en la banda (no la de ir al volante, sino la de haber nacido en la vieja patria), aunque trataba de usarlo solo en las ocasiones que la situación lo requería; tal como  estaba a punto de suceder. Su humor aquella tarde se arrastraba por el suelo y andaba a la que saltaba, pues aparte de una muela que le había comenzado a dar trabajo días atrás, el más valioso de sus hombres, Juanito el soplón, no había podido acudir a la cita: -La chamaquita recien se puso de parto- le había asegurado Juanito.-  Su tono demostraba que no mentía.

-¿Hay que subir andando con todo esto?- se quejó el pequeño, aunque más alto, de los hermanos Veracruz, mientras trataba de afinar sin éxito el guitarrón.

-No es necesario, chavito, si quiere yo voy aupándole hasta la cumbre- escupió Osvaldo con la mayor sorna posible, clavando sus ojos de huevo a través del retrovisor delantero.

-No hace falta, jefe -replicó Victor Veracruz, que era medio bobo- pero es que los botines se nos van a llenar todos de barro allá arriba. Eso debe ser un auténtico barrizal ¿Sabe? Estuvo lloviendo días atrás.

Después hizo una pausa, seguía afinando la guitarra, sacaba la lengua cada vez que apretaba una clavija. A Osvaldo comenzó a picarle el cuello, pronto el picor se extendió por toda la espalda. Sudaba.

-¿A que hora cree que acabaremos la función? -prosiguió Victor, mientras pulsaba una cuerda al aire para escuchar su resonancia- He quedado luego con Lurditas y no quisiera llegar tarde, ya sabe usted que genio me gasta la chola.

Lurditas era la hija de una prima de la mujer de Osvaldo, una muchacha flaca y de rasgos monescos, que solo había visto un par de veces en su vida, a lo sumo tres. De alguna forma, el muchacho se había pensado que el hecho de salir con ella le daba derecho a dirigirse a él con total confianza. Ante la falta de respuesta, Victor miró por la ventana y bostezó. Después colocó con cierta torpeza los dedos en sol mayor y dejó caer su mano derecha sobre las cuerdas. Un acorde desafinado llenó el interior del vehículo.

-Esto ya está- sentenció, posando el guitarrón sobre el asiento y buscando en la americana de raso un cigarrillo para echarse al pecho.

Su hermano, Anibal Veracruz, dormía con la boca abierta, ocupando el asiento del copiloto. Su cabeza oscilaba alrededor del cuello, como si fuera la de un muñeco. La noche anterior había tenido lío en el restaurante en donde trabajaba haciendo sustituciones. Le habían dado las ocho de la mañana poniendo copas: una boda rusa. Ante la imprevista baja de Juanito el soplón, había aparecido acompañado de su hermano (sabe tocar un poco -dijo-) y de un ojo morado; el cual trató de disimular a base de antiojeras, con pésimos resultados. Vestía ya la camisa blanca de faena y el chaleco estampado; aunque de cintura para abajo cubrían sus piernas unos pantalones cortos, rematados por unas sandalias de cuero estilo imperio romano. Osvaldo le observó por un momento, pasó la punta de su lengua por la muela mala, resopló y pisó el freno con brusquedad; clavando el coche en mitad de la calzada. El cuerpo de Anibal dibujó un tres en el aire, y gracias al cinturón de seguridad rebotó de nuevo sobre el asiento. Después abrió los ojos y chilló: ¡Ay¡ virgensita¡. La cabeza de Victor apareció entre los dos asientos delanteros, como si hubiera sido impulsada por el muelle de una caja de sorpresas. Osvaldo le agarró de sus grandes orejas y comenzó a gritarle, metiéndole la boca dentro de la nariz.

-¡Ustedes dos, absurdos huevones, van a darle la tarde a su pinche madre¡¿Comprenden? ¡Subiremos donde haya que subir y tocaremos la puta que haya que tocar¡ Así que vayan afinándome bien esas  guitarras y vistiéndose con una mínima decencia, que para eso se les paga ¿Entienden ridículos? ¡Se me van yendo al carajo, callando la verga boca y se me ponen a funcionar desde ahorita mismo¡

Los hermanos Veracruz le observaban temerosos. Jamás le habían visto comportarse así. Osvaldo soltó las orejas del muchacho, le ayudó a incorporarse sobre el asiento y trató de arreglar el cuello arrugado de su americana; luego le ofreció el sombrero. Después posó la mano sobre la rodilla peluda de Anibal, dando una palmada sobre ella, y respiró hondo.

-Está bien, panas. Me van a disculpar. Vamos a relajarnos todos un poquito pues. Hay tiempo suficiente. Les invitó a un par de tragos y nos subimos para el bolo ¿Ok?

Los dos hermanos fueron recuperando la compostura. Habían tenido suerte. El coche que los seguía tuvo la capacidad de reaccionar al imprevisto frenazo con una rápida maniobra. Después prosiguió, sacando el brazo por la ventanilla, al grito de: ¡Putos panchitos¡. Tras de sí había comenzado a formarse una caravana de coches, que como si respondieran a un mismo estímulo, se pusieron al unisono a pitar. El primero en rebasarlos pudo ver quienes causaban el embotellamiento. Eran tres hombres. Los dos que iban delante eran morenos; ambos con bigote, regordetes, de mediana edad.  El que iba situado en la parte trasera parecía algo más joven, coronaba su cabeza un inmenso sombrero mejicano. Iban a bordo de una furgoneta blanca y vieja. En uno de sus costados, un rótulo grande rezaba:

 La Lupe
-Alquiler de Mariachis para fiestas-

Debajo, ya un poco borroso, podía adivinarse un número de teléfono.



IV


Esquilmada en su ladera sur como una muela cariada, a apenas trescientos metros sobre el nivel del mar, la peña se alza inaccesible por esa vertiente. A pesar de su escasa altura, desde la cumbre, las casas de los obreros de la fábrica lucen como diminutas cajas de zapatos color teja. Desde su otro lado puede accederse por una carretera mal pavimentada, que serpentea hasta la iglesia entre eucaliptos y alguna solitaria encina. Entonces el camino se detiene, en el pequeño aparcamiento de la ermita, para proseguir por una pista de tierra hasta la cima.

Allí, justo donde se alza el campanario, bordeando el muro de piedra, dos sombras se deslizaban.

-¿Trajiste la linterna? Pronto nos hará falta.

Julián clavó la rodilla en el suelo y abrió la cremallera de su mochila. La linterna estaba en el fondo; por lo que  para hacerse de ella tuvo que sacar la bolsa de plástico en la que se encontraba Felipe. Una de sus patas se descubrió entre las asas. Amaya apartó la vista, miró hacia el aparcamiento y se secó el sudor con la mano.

-Podríamos hacerlo aquí mismo- sugirió Julián.

-¿Que...?- respondió ella estupefacta.

Con el mismo tono, Amaya prosiguió:

-Claro, fabulosa idea. Enterraremos a Felipe, entre condones usados y botellas de vino vacías. Es lo que se merece ¿No crees?  Sería un dignísimo final . Con suerte, hasta puede que cualquier bestia lo desentierre y juegue un rato con él.

-No quería decir eso. Solo un poco más arriba, entre aquellos matorrales. Me refiero a que no es necesario subir hasta la cima. Eso es todo -respondió Julián, tratando de calmar los ánimos.

-¿Estás cansado o que? Si tuvieras el coche no tendríamos que ir andando a todos los sitios.

-No es por eso...ya lo sabes. Aquello fue un accidente. Te lo he repetido mil veces – replicó Julián a la defensiva.

-¿Han cambiado la ley? No me he enterado ¿Desde cuando estar borracho es considerado como ''un accidente''?- espetó Amaya, dibujando unas comillas en el aire con ambas manos y chascando la lengua.

Julián se mordió el labio inferior. No pensaba volver a entrar en bucle con ese asunto. Bastantes vueltas le había dado ya. Estaba comprobado: no servía de nada.

El accidente al que se referían había ocurrido las navidades pasadas; concretamente el día antes de nochebuena. Julián y sus compañeros celebraban la comida de empresa en un restaurante-asador situado en la carretera nacional (bastante más conocido por el club de alterne  con el que compartía gerencia y nombre). Había sido contratado para ese trabajo a finales de verano, a través de una ETT, para suplir una baja. Una vez terminado el contrato fue la propia empresa la que terminó renovándolo. Compartía un pequeño despacho en la segunda planta de la nave, en el departamento de gestión de envíos nacionales. Un puesto que se ajustaba a la perfección a su formación de grado medio; lo que, después de veinte años en el gremio, ofrecía al fin una tregua a su espalda.

Todo comenzó a fraguarse durante la digestión del cordero; en el brindis de la cuarta ronda de chupitos, cuando el encargado de la empresa comenzó a encontrarse mal. Quince minutos más tarde, Julián se sentaba al volante del todo terreno de Galván (era el apellido del encargado, jamás llegó a saber su nombre de pila, o al menos no lo recordaba), camino del chalet de éste, pensando una excusa que ofrecerle a su mujer. En la autovía, a la altura de Mortera, un potro invadió la calzada por el carril de aceleración. Julián saldría ileso de la colisión, pero el amodorrado Galván golpeó su cabeza contra el salpicadero. Sus gafas se le incrustaron en los ojos como un par de nuevos párpados. Cuando llegó la ambulancia, Galván seguía inconsciente; su rostro era un amasijo de carne y pequeños cristales. El enfermero le agarró de los brazos y le dijo que se tranquilizara; el encargado aún respiraba. Al menos no estaba muerto. El pequeño potro agitaba sus  patas quebradas sobre el asfalto. Relinchaba y resoplaba. Un guardia civil  ordenó a Julián que se diera la vuelta, sacó su revolver y  pegó al animal el tiro de gracia. Aquella noche Julián la pasó en los calabozos. Estaba en shock, no podía dejar de pensar en los albaranes que habían quedado pendientes. Había sido una jornada llena de salidas. Por un lado, él había perdido el trabajo y el carnet. Galván había salido peor parado, con el extravío de su ojo izquierdo y unos cuantos dientes. Eso sin contar lo de aquel pobre potrillo.

-Mira Julián, no discutamos. Hemos llegado hasta aquí, hagámoslo de una vez y volvamos a casa– le dijo Amaya en tono conciliador.

Después se encendió un cigarro. El mechero iluminó por un instante sus pequeñas facciones. A pesar de todo, a él seguía resultándole atractiva. En la peña comenzaba a levantarse una ligera brisa. Ella se frotó los brazos con ambas manos y se encogió un poco.

-Preferiría que lo hiciéramos arriba ¿De acuerdo? Eso es todo- continuó, señalando con el cigarrillo la cercana cima- Ya casi estamos- concluyó, expulsando el humo con un golpe de mandíbula.

Julián asintió, guardó a Felipe de nuevo dentro de la mochila y  pegó un largo trago de agua. La ciudad se extendía hacia la bahía como una serpiente grisácea. Pronto estarán aquí -pensó-. Por un momento dudo si debía de haber cancelado la cita. No, había obrado bien. Necesitaba un golpe de efecto para intentar salvar aquello. Él era un hombre. Debía tomar de nuevo las riendas.


V


Cuando las botas camperas  de Osvaldo Bolado pisaron el suelo semiasfaltado del aparcamiento, el dispositivo mecánico del campanario se activó para anunciar que eran las ocho en punto de la tarde. Levantó la cabeza hacia la cima, mientras el sonido metálico de la campana se iba perdiendo por la explanada. Llevaba en la mano una lata de cerveza y en los labios un Pueblo recién apagado. Si de algo podía presumir aquel hombre era de puntualidad, mas siendo mexicano, pretendía mantener aquella virtud a rajatabla. Escupió con cierto asco el cigarrillo y sacó el teléfono del bolsillo trasero de su ajustado pantalón de traje. Después abrió la funda con un golpe de pulgar.

-Ya están arriba, muchachos. Vayan cogiendo sus cosas. Espabilen -dijo, sin apartar la vista de la pantalla.

Los hermanos Veracruz se dispusieron a descender del vehículo. Primero lo hizo Anibal; llevaba el botón del pantalón desabrochado y la camisa abierta, mostrando un ombligo peludo e insondable. Fue a la parte de atrás, abrió el maletero y sacó su trompeta; luego echó un poco de vaho sobre el cuerpo de latón y pasó la manga un par de veces. Después se ajustó el sombrero y eructó. Victor descendió por la otra puerta, al salir, enredó su pie izquierdo con el cinturón de seguridad y cayó de bruces, partiéndose la nariz contra una piedra. Rápidamente se echó la mano a la cara, observó la sangre correr entre sus dedos y rompió a reír como una hiena. Aquellas risas espantaron a un par de cornejas de la copa de un abedul.

Osvaldo apenas se inmutó, apuró de un último trago la cerveza y arrojó la lata sobre la hierba, Luego regresó con calma al vehículo y puso en marcha el motor. Cerró las ventanillas, encendió la radio y subió el volumen. Instantes después, los hermanos Veracruz comenzaban a reducirse dentro del espejo retrovisor. Anibal fue el primero en reaccionar y trató de perseguir a la furgoneta. Corrió durante unos cincuenta metros, pero pronto desistió. Su hermano entonces dejó de reír. Ya se podía ir olvidando de su cita con Lurditas. La camisa blanca manchada de rojo, junto a la corbata verde, parecían querer ofrecerle una pista sobre algo. Se sorbió la sangre de la nariz y la escupió por la boca. Estaba demasiado borracho para resolver acertijos.



VI



-¿Has oído eso? -preguntó Amaya, asomando la cabeza por la pronunciada pendiente- Me ha parecido oír ladrar a un perro.

- Lo dudo mucho - respondió Julián, echando un vistazo alrededor.

No entendía como ella se atrevía a acercarse tanto al precipicio. Su pequeña silueta le daba la espalda, dibujada sobre el horizonte, mientras se balanceaba ligeramente. Julián se sorprendió pensando en ese acto de vulnerabilidad. Quizás tuviera algún significado; quizá se tratara de una especie de ofrenda. Las cosas no habían salido como habían pensado y el simple hecho de estar juntos ya había  dejado de ser el remedio de todos sus males. Puede que allí arriba y aquella tarde, estuvieran ante una de sus últimas oportunidades.

-¿Sabes lo que me contó Carmen la del estanco?-prosiguió Amaya- Dice que hay gente que sube hasta aquí para abandonar a sus mascotas. Después los pobres bichos se reúnen en manada y se alimentan de los desperdicios que deja la gente que viene los fines de semana a hacer barbacoas. Cuando no tienen que comer bajan hasta la gasolinera y buscan en los contenedores. Ella asegura que varias veces los ha visto merodeando por allí.¿No te parece horroroso?- dijo, dándose por fin la vuelta hacia Julián.

-No te preocupes ¿Ves las piedras que hay sobre la tapa de ese depósito?- replicó él, señalando a un pequeño aljibe que había cerca de la cima. -Me haré de unas cuantas. Luego escarbaré un agujero lo suficiente hondo y lo recubriré por todos los lados, formando una cámara. Felipe estará  a salvo de cualquier jauría. Hazme caso. Además, yo no haría mucho caso a la señora del estanco, desde que se la murió el marido se ha quedado un poco tocada de aquí- dijo, dándose un par de golpes con la mano en la cabeza.

-No has de preocuparte por eso. Mira, hazme un favor -continuó - sujétame la mochila, voy a empezar.

Julián clavó las rodillas en el suelo y con una espátula de albañil comenzó remover la tierra. No era tan sencillo como había pensado en un principio. La luz empezaba a escasear y el terreno resultó ser  seco y compacto. Pasados cinco minutos, apenas había conseguido cavar un hoyo donde entrara un hamster; pero se cargó de ánimo y prosiguió. Amaya se había encendido otro cigarrillo. Él , a sus pies, jadeaba cada vez que clavaba la espátula sobre la tierra. El sol, por fin, dejó de reflejarse sobre la falda de la peña y la caliza perdió su tono rojizo, para convertirse en una gran sombra negra. Julián volvió a mirar su reloj. Luego echo un vistazo al sendero. Era tarde. Empezaba a hacerse a la idea; ellos ya no vendrían. El  hoyo estaba preparado, por lo que procedieron a cubrir la bolsa que contenía a Felipe con piedras y tierra. Después se incorporó y guardaron silencio durante un par de minutos. Ella se acurrucó en torno a su pecho y sollozó un poco. El montículo de piedras se alzaba como un pequeño grano sobre la loma.

-Es suficiente, vayámonos a casa- le dijo Amaya, tirando de la manga de su camisa.

Luego retomaron el camino de vuelta. Durante el descenso, en un par de ocasiones, Julián pudo intuir en la oscuridad el relampagueo de unos ojos entre la maleza. No se sorprendió, conocía bien aquellas sombras. Los había visto en varias ocasiones, cuando entraba en el turno de las seis de la mañana, ascendiendo en fila por el sendero. Incluso se había detenido alguna vez para contemplar como aquel cortejo animal regresaba a la seguridad de los matorrales. Las probabilidades de que aquella misma noche dieran cuenta de Felipe eran altas. Prefirió no decir nada, siempre le iba mejor cuando callaba; lo tenía comprobado. Dudaba que volvieran a subir juntos. Necesitarían un milagro para que las cosas se arreglaran. Al llegar abajo, pararon un momento en la gasolinera, compraron cerveza y tabaco. Julián bromeó durante un rato con el viejo que los atendió, habían sido compañeros en una empresa de reparto de productos farmacéuticos hacia más de diez años. Después salieron de allí e hicieron el resto del camino a casa  en silencio, caminando por el arcén y cogidos de la mano.







No hay comentarios:

Publicar un comentario