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jueves, 22 de junio de 2017

Mostaza dulce





Desde el principio tuve aquel presentimiento; no había sido buena idea hacer el viaje con el chaval. No es que el crío se portase mal del todo, sino que había sido mala idea y punto. Ya era lo suficientemente mayor para poder afrontar las (para él tediosas) etapas en las que consistía la ruta, pero era obvio que todo esto le aburría sobre manera y que estaba loco por volver a casa. Esta vez habíamos volado directamente de Madrid a Memphis, con lo que nos estábamos ahorrando casi la mitad del camino. Cuando estuvimos por primera vez, celebrando nuestra luna de miel (el próximo junio hará diez años) habíamos empezado el viaje en Chicago, aunque la ruta realmente comienza, o al menos antes comenzaba, en Wyoming. Para colmo, un par de días atrás, el pobre chico había sufrido una intoxicación; una reacción alérgica provocada por un sándwich de queso y mostaza que comimos en un Subway. Primero comenzaron los picores, después se le inflamó la glotis, posteriormente el cuerpo se le llenó de pequeñas erupciones y se le hincharon los párpados y los labios sobre manera. Ahora pareces un negro, bromeamos, una vez pasado el susto. Una inyección de cortisona, un tratamiento de antihistamínicos y dos días de reposo fueron suficientes. Mostaza dulce, sentenció el doctor venezolano que nos atendió en la clínica de Natchez, aparte de instarnos a que pusiéramos una demanda al establecimiento por no especificar los alérgenos en su menú. Y aunque mi mujer insistió en ello, yo preferí continuar con el viaje y así no perder más tiempo. Me preocupaba, aparte de la salud del chiquillo (claro está), que las atenciones médicas excedieran los limites que cubría el seguro médico que teníamos contratado. Pero mentiría si no dijera que también me preocupaba llegar a Nueva Orleans antes del martes de Mardi Grass. El Lunes a mediodía a poder ser. Un año llevábamos planeando el viaje, por lo que no pensaba perderme el desfile de ninguna manera. En un principio contemplamos la idea de venir solos y así poder celebrar, anticipadamente, el décimo aniversario de nuestro matrimonio. Pero dejar al niño con los abuelos durante más dos semanas nos pareció excesivo. También he de decir, que cuando lo dejamos caer, ellos tampoco insistieron mucho. Y que demonios, ya era hora de que viajáramos todos juntos: en familia.
 
Parece que al final la cosa se va arreglar. Estamos a 96 millas, luego haré el cálculo en kilómetros. Así que, a más tardar, mañana por el mediodía nos plantaremos allí. Para ahorrar un poco, hoy nos quedaremos en las afueras de Zachary. Podríamos hacerlo en Baton Rouge, pero allí los moteles son más caros, aparte de que estoy cansado y no me apetece entrar conduciendo a la ciudad. Es domingo por la noche y el gran área de servicio, a excepción de media docena de coches y un par de camiones estacionados, permanece desierta. Nos alojaremos en un Comfort Inn, que como ya hemos podido comprobar, en relación calidad-precio son mejores que los Motel 6 y los Super 8. El chiquillo me pregunta si habrá piscina. Sí, le respondo, aunque no tengo ni la más remota idea. Pegados al motel hay un Taco Bell, un Pizza Hut y un Subway, así que hoy probablemente cenaremos burritos y enchilada. Aparcamos justo en la puerta nuestro Dodge alquilado. Es un coche corriente (nos quedamos con las ganas del Chevrolet descapotable que prometía el anuncio), incluso pequeño se podría decir, según lo visto en la carretera. A mi me parece enorme, pero es que aquí las cosas parecen diseñadas a otra escala.
Cuando entramos en la recepción el aire acondicionado está a tope, pese a que el sol se ha ocultado hace ya casi una hora, y huele a lejía y a desinfectante de limón. En el Comfort Inn que estaba pegado al parking de Graceland recuerdo que olía exactamente igual. El recepcionista es un joven asiático. Luce un bigote a lo Fu-Manchu y le faltan un par de piezas dentales. Se enciende un cigarrillo con total impunidad, mientras busca un bolígrafo detrás del mostrador. Bosteza, parece recién levantado. Es curioso, cuanto mas al sur viajamos la comida parece más grasienta y las leyes más laxas. Da la impresión de que puedas hacer siempre lo que te venga en gana, pero sin pasarte de la raya; conocer bien los límites, jugar dentro de ellos. Le dejo propina, sabiendo que por este servicio no es necesario. Me sonríe, mientras expulsa el humo por la nariz, y nos acompaña hasta el ascensor, aunque no coge ninguna de nuestras maletas. Compruebo con satisfacción que en la planta baja, junto al comedor, hay un obsoleto gimnasio que incluye una pequeña piscina cubierta. Así que cuando subimos a la habitación, mi hijo se pone el bañador rápidamente y salé corriendo a pegarse un chapuzón. Llévate las chanclas, le grito, pero ya ha sonado el portazo y sus pasos se alejan por el pasillo. Mi mujer y yo aprovechamos su ausencia. Nos tumbamos en la enorme cama y hacemos el amor en silencio, un tanto inquietos, pensando que es posible que el crío pueda aparecer en cualquier momento. Pronto terminamos. Estela entra al baño y acto seguido tira de la cisterna (tiene esa manía), después abre el grifo de la ducha y se pone a tararear algo que no consigo reconocer. Enciendo la televisión. Dos motoristas barrigudos y tatuados, anuncian unos recipientes para hacer un gran nacho en forma de plato. Se trata de una especie de ensaladera de plástico agujereado que se recubre con una pasta adherente y fina, la cual ha de introducirse durante cinco minutos en el microondas. Posteriormente se deja enfriar, se retira el envoltorio con cuidado y listo, ya tienes tu nacho-plato. Rellena a tu gusto (sentencia en español una voz en off con acento tejano). Cuando entra mi hijo por la puerta, empapando la moqueta, los motoristas ya han devorado el invento y se marchan con sus Harleys dejando atrás un rastro polvo y una cortinilla de música Tex Mex que da por concluido el anuncio. Tomo nota mental, probablemente pronto lo veamos en las estanterías de nuestros supermercados. Deformación profesional, ni aun estando de vacaciones puedo evitarlo.

Satisfaciendo los cambiantes gustos del chiquillo, hemos terminado pidiendo un par de pizzas con extra de queso y jalapeños, que nos ha subido una niña oriental en pijama, supongo que familiar del muchacho de la recepción. Me agacho a su altura y le pregunto como se llama. No responde. Después poso sobre su pequeña mano un billete de veinte y otro de un dolar. Este es para ti, le digo. Lo atrapa al vuelo y desaparece de mi vista a toda velocidad, sin darme las gracias. Una vez terminada la cena, mientras emiten una reposición de los Soprano en HBO (canal incluido junto a las toallas y el desayuno en el precio de la habitación triple), Mateo se queda dormido abrazado a su madre en la gran cama de matrimonio. Así que me acuesto en la supletoria justo cuando comienza un documental sobre grandes reptiles en los pantanos de Louissiana, y aunque lo intento, no consigo superar los créditos iniciales.

Me concentro en el zumbido del ventilador de aspas del techo. Es un día de trabajo cualquiera. Hace calor y mi hijo se encuentra conmigo en la oficina. Conduce por encima del escritorio el camión de bomberos que me regaló mi tío José Luis, creo que el día de mi comunión. Entonces Doris, mi secretaria, atraviesa la puerta. Viste de luto (velo de viuda incluido), aunque rápidamente compruebo no lleva sujetador, dado el sinuoso relieve que dibujan sus pezones sobre la blusa. Se detiene frente a la mesa y nos anuncia que el helicóptero ya espera en la azotea. De uno de sus brazos cuelgan un par de chalecos de camuflaje, uno para mí y otro más pequeño para mi hijo. Se reclina sobre la silla y me da un beso de despedida. Un beso casto, nada que ver con los que me ha dispensado en otras ocasiones. Miro preocupado a mi hijo, pero él sigue distraído con el camión. Después nos acompaña por el pasillo hasta unas estrechas escaleras de caracol que tardamos una eternidad en subir. Una vez arriba, abrimos una pequeña puerta metálica y el sol de la mañana nos deslumbra por un instante. El helicóptero aguarda, posado como una araña metálica sobre el tejado, con sus hélices ya en marcha. Montamos. Sujeto a Mateo sobre el asiento con una especie de arnés de seguridad que le queda demasiado grande, lo cual me preocupa. Dentro hace mucho calor y el ruido es insoportable, me muero de sed y he olvidado ponerme los zapatos. Mi hijo de repente ya no está. Ahora me acompaña mi difunto socio, Antonio, a los mandos del helicóptero. Lleva el mismo casco de moto con el que se mató, abierto como un melón por la mitad; uno azul y amarillo, con el número 46 de Valentino Rossi. Il dottore, me dice carcajeándose y señalando el casco. Evito mirar hacia donde señala. Nos elevamos, dejando atrás el polígono y pronto entramos en una área cargada de humedad y vegetación donde serpentea un río con el agua color marrón que no es el Manzanares. Descendemos muy rápido, casi a ras del agua turbia. Recorre mi estomago un vértigo placentero, tanto que, me entran unas terribles ganas de orinar. Temo hacérmelo encima. Ha oscurecido de repente y ahora soy yo quien pilota el helicóptero. Me asusto al principio, pero pronto me doy cuenta de que no es complicado hacerlo. Viajo solo, Antonio se ha esfumado, es lógico, murió hace casi siete años. Me relajo, disfrutando del paisaje, y justo cuando ya le he pillado el tranquillo, aparecen otros helicópteros más pequeños volando a mi lado. Son de color rojo fuego, de una sola plaza, se abalanzan contra mí. Trato de esquivarlos. Consigo evitar sus primeros envites, pero cada vez son más. Ahora son pequeñas llamas, que se multiplican y crecen a gran velocidad. Me agito y trato de gritar inútilmente. Uno se acerca por uno de los flancos, no quiero mirar, su zumbido se amplifica. Justo cuando estamos a punto de colisionar me incorporo sobresaltado, dando un brinco sobre la estrecha cama supletoria. Entonces el insistente mosquito por fin se aleja de mi oído izquierdo, al menos por el momento.

Busco la luz en la esfera de mi reloj y ésta se ilumina anunciándome que son las tres y cuarenta de la mañana. La televisión está apagada, quizás tuviera activado el temporizador. La oscuridad inunda por completo la habitación. Estela gruñe algo ininteligible y Mateo la responde emitiendo un leve sollozo, después vuelve a quedar todo en silencio. Me tumbo de nuevo sobre la cama, recuperando la calma y la respiración. He olvidado colocar las sabanas y me he quedado dormido directamente sobre el colchón amarillo de espuma . Me pica la espalda y sudo los malditos jalapeños. Me levanto con cuidado, tratando de no hacer ruido, tanteando la pared logro alcanzar el cuarto de baño. Enciendo la luz y el espejo me devuelve una figura masculina de mediana edad con los ojos hundidos y una ya más que incipiente barriga. Aparto la vista. Abro el grifo para aclararme la boca y cuando me incorporo me sobreviene el vértigo. Me siento en el retrete, aprieto, pero no sale nada. Sudo. Mi estomago se reblandece como una bolsa de agua caliente y un ligero cosquilleo se desplaza entre mis dedos y las palmas de ambas manos. Tiro de la cisterna. Sobre la mampara de la bombilla zumban, en lo que parece un cortejo, un par de mosquitos de un tamaño considerable. Su simple visión me augura una noche de insomnio. Salgo, dejando semiabierta la puerta del lavabo, para así poder buscar las pastillas en la mesita. Maldita sea. El neceser está en el coche. Me enfurezco por haber cometido este descuido de viajero principiante. Sopeso si debo bajar o no a por ellas. Un nuevo retortijón me acaba por convencer de que sería conveniente hacerlo. No solo voy a necesitar el orfidal. Encuentro el pantalón y la camiseta tirados al pie de la cama. Después introduzco los pies en las sandalias de cuero que están sobre la moqueta. Cojo las llaves de la mesita y acto seguido Mateo vuelve a sollozar. Me quedo inmóvil un instante. Después apago la luz del baño, abro la puerta con cuidado y salgo al pasillo.

Afuera el aire acondicionado sigue estando a tope y me arrepiento de no haber cogido una sudadera. No me planteo volver a entrar y despertar a toda la familia, así que sigo adelante. Mañana pienso quejarme de que el termostato de la habitación no funciona, quizás pueda regatear algo el precio. Aquí las cosas funcionan así. De todas formas, agradezco el frescor artificial pues la sensación de malestar sigue acompañándome. La mayoría de las puertas se encuentran abiertas, mostrando estancias oscuras y vacías. El motel parece no tener muchos huéspedes. El silencio es total, a excepción del leve rumor de la maquina de hielo que se encuentra al final del pasillo. Cuando llegó a la planta baja me sorprende un olor agrio y creo escuchar el lejano borboteo de una cazuela hirviendo. No hay nadie en la recepción y la puerta está cerrada con la llave puesta por dentro. Dudo por un instante. Miro hacia los lados y giro la cerradura, guardándome después la llave en el bolsillo trasero del pantalón.

En la calle la estampa es idéntica a la de hace unas horas: un gran aparcamiento practicamente vacío y apenas iluminado. Incluso el constante murmullo de la interestatal parece haberse dado una tregua. Presiono el mando del Dodge y el desbloqueo del cierre centralizado rompe por un momento la calma del área de servicio con un quejido mecánico. Me inclino sobre el asiento del copiloto y cojo el pequeño neceser de la guantera, de paso me hago con el enchufe que compramos para repeler los mosquitos del bungalow que alquilamos a las afueras de Nashville. Cuando salgo del coche echo un vistazo alrededor. Pocas veces durante el viaje he conseguido estar a solas, diría que ninguna. Respiro hondo, estirando los brazos y el cuello, disfrutando del efímero poder que me otorga estar en posesión de la llave del motel. Sonrío, mientras hago girar la argolla del llavero sobre mi índice derecho. En cierta forma, me parece una negligencia que hayan dejado la llave puesta. Quien dice que yo no podría ser cualquier perturbado (de los muchos que abundan por aquí) y cometer alguna locura. Pero en fin, solo soy un padre de familia insomne y mareado que ha bajado a coger unas medicinas al coche. Me tomo mi tiempo, disfrutando del momento. Tanteando los bolsillos encuentro el mechero. Maldita sea, es una pena que me haya dejado el tabaco arriba. Me fumaría un cigarrillo sentado sobre el capó del coche, aquí en medio de la nada. Daría una larga calada y cerraría los ojos, pensando que estoy en las Vegas. No, mejor en Atlantic City, conduciendo un Chevy descapotable. Visto un traje rojo y me acompañan un par de muchachas complacientes. Simplemente pasamos un buen rato. Sonrío otra vez. Ya está bien. Activo el bloqueo del coche. Son más de las cuatro de la madrugada, quizás aún pueda dormir algunas horas y mañana, después de comer, echarme una merecida siesta en el apartamento que ya tenemos reservado en pleno barrio francés. La idea me pone de repente de un humor excelente y regreso aligerando el paso.

Cuando giro la cerradura de la puerta una tos seca me responde desde el interior del motel. En la recepción  aguardan dos hombres, sentados en unas sillas plegables y desconchadas. No parecen sorprendidos por mi presencia. Ambos sostienen entre sus manos unas tazas humeantes, uno en frente del otro. Uno de ellos es el oriental con bigote a lo Fu Manchu que rellenó nuestra ficha de entrada hace una horas. Va descalzo, ahora viste una camiseta de los Grateful Dead con una calavera dibujada y pantalones cortos color caqui. Tiene el pelo brillante, como si acabara de salir de la ducha o llevara encima un kilo de gomina. El otro es un hombre anciano, alto y muy delgado. También oriental. Debajo de su visera verde de baseball sobresale una larga coleta trenzada que se prolonga hasta casi la mitad de su espalda. Luce una especie de quimono descolorido que mas parece un pijama. También va descalzo. El joven se da la vuelta y me dirige una mirada tranquila, casi desinteresada.

-Estaban puestas- es lo único que acierto a decir, mientras agito entre dos dedos las llaves. -Tenía que ir al coche a coger unas pastillas... Sufro de vértigos ¿Saben? - prosigo, aunque me arrepiento de inmediato por facilitar una información que nadie me ha requerido.

Observando la situación deduzco que he interrumpido algo que parece importante. El viejo entonces levanta por primera vez la vista, sus ojos me resultan demasiado grandes para su enjuta cara. Uno de ellos está cubierto por una nube. Me examina de arriba abajo y después vuelve a toser, sin taparse la boca con la mano, mostrando unos dientes pequeños y afilados.

Aprovecho para dejar las llaves sobre el mostrador y me encamino hacia las escaleras.

-Perdonen la molestia, sigan con lo que estaban. Buenas noches- me despido.

-Aquí tú no molestas, Martín- escucho decir al viejo, en un más que correcto castellano.

Tal afirmación me hiela la sangre, pero me doy la vuelta y pregunto:

-¿Cómo sabe usted mi nombre?

-Eso no es importante, Martín- vuelve a repetir, dándome todavía la espalda.

-Ah, claro. El cuaderno de registro- le espeto, sonriendo aliviado, aunque sintiéndome un tanto estúpido.

-Es probable- se limita a decir. Después bosteza y entrecierra los ojos.

Fu Manchu se levanta y se cuela por la puerta que está detrás de la recepción dejándome a solas con el viejo. Este se da la vuelta y extiende sus largos brazos hacia mí.

-¿Le apetece un té? Es bueno para el insomnio- hace una pausa. Después sorbe de su taza despacio- También para el vértigo - sentencia.

Antes de que responda, emite una especie de sordo silbido hacia la recepción. Luego me sonríe amablemente.

-Solo un té. Cinco minutos- declara en tono suplicante, mientras con su pie descalzo empuja levemente la silla que ha dejado libre el recepcionista, invitándome a que ocupe su lugar.

-Yo es que...- titubeo de nuevo, señalando las escaleras.

-Por favor. Cinco minutos- vuelve a insistir- Sea amable con este viejo. Esto está siempre muy solo.

Poso el neceser sobre el mostrador de la recepción y me siento a horcajadas en la silla mostrando cierta desgana, alejándome de él con disimulo.

-Su familia duerme. Ellos están bien ahora. No hay prisa. ¿Un cigarrillo?

-Se lo voy a aceptar- le respondo condescendiente, aunque en el fondo tengo unas ganas locas de fumar.

Hurga en un bolsillo de su pijama (definitivamente no es un kimono). Saca una cajetilla de Marlboro y me la extiende. Del mismo lugar extrae una caja de cerillas y prende una, acercándome a la boca un par de dedos largos y amarillentos.

-Así saber mejor.- dice mientras apaga el fósforo con un golpe rápido de muñeca.

-¿No me acompaña?- le digo después de dar una primera calada que me sabe a gloria.

-No, solo tres cigarrillos al día. Lo dijo el doctor. Bueno, él dijo que ninguno. Yo no hago caso. Yo fumarme tres- sentencia victorioso.

De cerca el anciano parece tener un rostro más alegre y juvenil. Las uñas de sus manos y sus pies (sobre todo estas) son tan largas que han comenzado a curvarse. Desprende un olor a barro seco y la nube de su ojo parece desplazarse por el globo ocular a su antojo. Trato de evitar su balanceo pero me es inevitable.

-¡Niágara¡- grita de repente, abriendo mucho los ojos e inclinándose hacia mí.

-¿Que?- le respondo desconcertado, echando el cuerpo hacia atrás.

-¡Cataratas¡ - espeta y comienza a carcajearse, retorciéndose sobre la silla, mientras golpea sus muslos con ambas manos. Después comienza de nuevo a toser.

-¿No se dice así?- prosigue, cuando consigue recuperarse- Perdone mi lenguaje, Señor Martín. Ya hace mucho tiempo que no hablo el español.- dice y vuelve a pegar un sorbo a su taza.

Me sonrojo, sientiéndome un tanto avergonzado por mi descaro. El viejo se percata. Chasca la lengua y vuelve a sonreír.

-No preocuparte amigo. Yo soy bromista. Todo el mundo mira dentro del ojo. La nube baila en el cielo. Ella es libre. Nosotros no lo somos. Todos tenemos escrito el libro - dice levantando un dedo y cerrando los ojos, adoptando una pose de sabio.

A nuestra espalda resuenan unos pasos. Giro la cabeza. El recepcionista desciende por las escaleras con un par de tazas humeantes sobre una bandeja de plástico. Ya no va descalzo, ahora cubren sus pies unas Air Jordan de bota alta sin cordones. No he visto que saliera en ningún momento de la recepción. Deben de existir unas escaleras de servicio que comunican esa estancia con el pasillo. Primero ofrece al anciano una de las tazas y después me extiende otra a mí. En ella se dibuja el logotipo ya borroso de la sirena del Starbucks. El anciano mira su taza y gruñe por lo bajo. El joven objeta algo y recibe como respuesta una mirada feroz, que da la conversación por finiquitada. Después el recepcionista vuelve a esfumarse por la puerta por donde se suponía que tenía que haber aparecido.

-¿Es su hijo?- pregunto cuando desaparece.

-No, es solo un discípulo, pero a él le queda mucho que aprender . Los jóvenes piensan saber todo. Piensan mierda de la tradición. No respetan los antepasados.

La respuesta me desconcierta. Pego un sorbo de la taza. Está bastante caliente y huele también a barro seco. Tiene un sabor ligeramente agrio, pero agradable.

-¿Qué es esto?- digo levantando la taza- Está bueno, aunque no sabrá decirle a que demonios sabe. No había probado algo así en toda mi vida.

-Es infusión preparada por Feng.. Si probaras la mía te gustaría mucho más. Estoy seguro. Yo decir a él donde ha de coger las hierbas. En lugar que yo conozco, en lugar del desierto. Lejos para mí. Yo ya muy viejo. No poder ir.

-Es un sabor de lo más curioso- digo , notando como mi estomago comienza a asentarse con el calor del brebaje.

-Perdón no decir antes. Mi nombre es Xuan- dice extendiéndome la mano.

-Martín- le respondo- aunque ya lo sabe usted- sonrío, señalando el cuaderno de anillas que reposa en el mostrador. Después extiendo la mía.

Aprieta con firmeza, clavándome la mirada, como si tratara de averiguar algo. La nube se mueve de un lado a otro. Aparto la mirada. Su mano es suave y fria. Tarda un rato en soltar la mía.

-Sí, tu llamas Martín, yo ya lo sé. Y el niño Mateo. La mujer muy guapa no se como es su nombre.

-Estela- le digo, un tanto sorprendido.

No recuerdo haber registrado al pequeño a la llegada. Solo entregué mi pasaporte y el de mi mujer, de eso estoy seguro. Probablemente me haya escuchado referirme a él en algún momento.

-¿Cómo sabe usted..?

-Oh, Estela- me interrumpe- Es verdad. Había olvidado. Yo ya viejo, mala memoria. Muy bonito nombre- reflexiona, con una mano en el mentón y girando la cabeza, como si el nombre tuviera algún tipo de importancia para él.

-¿Un último cigarrillo?- me ofrece.

-Muy amable, pero no, gracias - rechazo, haciendo un gesto con la mano.

El cosquilleo de mi estomago se extiende ahora por todo el cuerpo. Es una sensación un tanto extraña, aunque me encuentro francamente bien. El vértigo ha sido sustituido por un casi imperceptible mareo que me produce un placentero bienestar.

-¿Qué es esto?- vuelvo a repetir, levantando la taza. -No me importaría comprarle un poco.

El viejo mantiene los ojos cerrados como si estuviera meditando. Después los abre y prosigue.

-No está en venta, disculpeme. Yo casi olvidar idioma por completo, mi madre se llamaba señorita Lourdes Carrión. Nacida al otro lado del golfo. Mi padre también llama Xuan como yo. Ambos conocerse en cosecha. Ella muy guapa. Gran mujer. India. Seis pies de altura. Mi padre después darle trabajo en la ciudad. Lavandería. Ella muerta cuando Xuan ha nacido. Está en el libro. Mi padre después loco. Un vagabundo. Marcharse en el tren. Yo nunca verle otra vez. Yo ya saber todo, estaba escrito. Tu también tienes el libro, Martín. Todos tenemos uno.

-¿De que libro me está hablando, señor Xuan? - le espeto con sorna, dejando escapar una risotada, en la cual apenas me reconozco. Ha brotado de mí como una especie de eructo irrespetuoso.

El viejo me dedica un gesto reprobatorio y vuelve a hundir su mirada en la taza de té. La carcajada ha surgido del todo involuntaria y todavía parece resonar por toda la planta baja del motel, como el eco de un rugido. Me sonrojo y balbuceo una disculpa, avergonzado. El calor ahora se extiende por mi cara, multiplicándose cuando recapacito sobre la última parte de nuestra conversación. Justo cuando estaba a punto de preguntarle porqué maneja tan bien nuestro idioma, él viejo se ha anticipado con la respuesta. Respiro hondo, tratando de tranquilizarme. Se lo he debido preguntar antes, estoy seguro. Es tarde, me encuentro cansado, creo que necesito dormir urgentemente. Carraspeo para llamar su atención. No se inmuta.

-Señor Xuan, he de irme. Mañana salimos pronto. Vamos a Mardi Grass. Al desfile ¿Sabe usted? Debería de acostarme, aunque fuese un par de horas. Ha sido un placer conocerle -miento.

El viejo, permanece impasible, como si estuviese inmerso en algún tipo de reposo o estado de hibernación.

-Buenas noches- le digo, o al menos lo pienso, más embriagado de lo que quisiera. La situación empieza a resultarme absurda. Clavo los ojos en la taza descolorida, que parece comenzar a derretirse en mi mano. Una ola de calor me sacude. El viejo brilla  como si fuese una especie de resistencia incandescente.

-Ya está hecho, Martín. No es necesario correr. Está hecho -repite.

-¿Correr? ¡De que cojones me esta hablando¡ ¿Que es lo que quiere de mí?- le espeto enfurecido, cuando el suelo comienza a pegarse a la suela de mis sandalias como un chicle.

Me levanto, dándome la vuelta, dando por zanjada la conversación; cuando me sobreviene de nuevo el vértigo, con más violencia que nunca. Desde la nuca un escalofrío me recorre toda la espina dorsal hasta el coxis. Se me eriza el vello de los brazos y hasta creo sufrir una leve erección.

-No es necesario correr. Ellos duermen, ya no hace falta que vuelvas- dice sombríamente, sin levantar la cabeza -No es necesario. Te fuiste hace un rato ¿No lo recuerdas, Martín?- prosigue, con aire taciturno.

-¡Deje de repetir mi nombre de una puta vez¡- le grito. 

Entonces lo lanza, sin necesidad de abrir la boca. Clava sus ojos en los mios y suelta su órdago. Conoce el secreto, de alguna manera me lo ha sonsacado.

-¡Él no es mi hijo¡ ¿Y bien? -le digo, a punto de echarme a llorar- Le quiero del mismo modo. Me importa una mierda que un viejo loco que vive en el otro lado del mundo lo sepa. Fue solo un día ¿Lo entiende? Ella buscaba venganza, fue por mi asunto con Doris. Él mismo tuvo que decírselo y ahora está muerto.¿Por qué tuvo que hacerlo? Se aprovechó de la situación para poder follarse a mi mujer. Le estuvo bien empleado.Yo no tuve la culpa de lo que le ocurrió después. Fue un accidente. ¡Un accidente¡ ¿Lo entiende?

-¿Esto también es un accidente?- replica, extendiendo sus largos brazos y echando un vistazo alrededor.-No existen los accidentes, Martín.

-¡De que demonios me está hablando, majadero¡¿Que es lo que quiere de mí?- le vuelvo a gritar.

-Yo no estoy aquí para juzgarte. Eso explícaselo a ellos cuando les veas. -se limita a decir, o quizás solamente lo piense.

Después levanta el mentón desafiante, aunque puedo percibir que respira con cierta dificultad.

-Será pronto- sentencia por lo bajo, mientras apura los restos de su taza.

El suelo arde como una hoguera bajo mis pies. Trato de lanzarme a por él, pero no me responden las piernas. Mis sienes bombean sangre a toda velocidad, como si fuesen un par de diminutos corazones cosidos a ambos lados de mi cabeza. El techo de la recepción es casi tan alto como el de una catedral y el eco del agua hirviendo en las cazuelas retumba por cada uno de sus recovecos. Mis manos crecen entre las llamas, hasta resultarme casi ajenas. Evito mirarlas. Me tambaleo y suelto la taza. El anciano recoge las piernas entre sus brazos, como si el suelo estuviera mojado y no quisiera mojarse los pies. De pronto un riachuelo fangoso comienza a ascender, se me enrosca como una serpiente. El viejo se encoje en la silla cada vez más, casi hasta convertirse en un ser diminuto. Entonces aparece de nuevo el recepcionista, caminando a cuatro patas, sigiloso como un gato, recoge los pedazos de la taza que se esparcen amenazantes por el suelo. El viejo no cesa de mascullar algo entre dientes. Algo que repite una y otra vez. Wachuma,Wachuma, Wachuma, es lo que acierto a entender. Doy un paso hacia atrás. Cae la silla, rebotando sobre el suelo con un estrépito metálico e hiriente, antes de ser arrastrada por la corriente de lodo. La niña que subió las pizzas de la cena se encuentra ahora subida en un taburete, con las piernas cruzadas, como si hubiese permanecido allí en todo momento. Dibuja algo, concentrada en su cuaderno de anillas, apoyada sobre el mostrador de la recepción. Tose, apartando el humo con la mano. Luego asiente y se mete el lápiz a la boca, evaluando su obra. Después levanta el cuaderno para mostrarme un garabato torpe e infantil. En el papel cuadriculado una familia: padre, madre e hijo, viajan en un coche repleto de maletas. Les acompaña una mujer alta, que saca la cabeza por el techo solar de un Dodge tamaño mediano. Todos sonríen, pero la niña se ha olvidado de dibujarles ojos, lo cual otorga un aire ridículo a los personajes. En la parte superior del boceto una nube oscila, escupiendo truenos y notas musicales.

Corro entre el humo, en dirección a las escaleras, pero las escaleras se encuentran en el corazón de lo que parece un bosque. Un bosque bajo y pantanoso que va iluminado sus formas con el reflejo de la nueva mañana. En él bailan las últimas sombras de un edificio amarillo en llamas, plantado en mitad de un gran aparcamiento vacío. Cuando consigo llegar a la altura de la interestatal un camión de bomberos pasa a toda velocidad, arrojándome de nuevo hacia los matorrales. Me quedo durante un rato tumbado sobre la hierba mojada, observando los pedazos de cielo que se dibujan a través de las ramas. Pasado un rato me incorporo, cruzo la mediana y continuo corriendo hasta la siguiente ciénaga, que se abre como una herida sucia sobre la tierra. Primero introduzco las piernas, pronto el lodo me rodea la cintura, alzo mis brazos hacia el cielo anaranjado. Poco después vuelve a quedar todo en silencio, como si bajo esa luz jamás hubiese ocurrido nada.







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